La Casa lugubre

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—Sir Leicester Dedlock, barón —dice con gravedad el señor Bucket, tras volver de acompañarlos a la puerta—, usted dirá si desea comprar su silencio. Yo sería de esta opinión y creo que el precio no resultará excesivo. ¿Ha observado usted cómo esa gente ha sacado partido a las especulaciones de la avinagrada señora Snagsby? Ha hecho más daño al ir reuniendo retazos que si lo hubiera pretendido. El señor Tulkinghorn les tenía cogidos de las riendas y los habría conducido adonde hubiese querido, pero, ahora que falta, tira cada cual por su lado. Así es la vida: muerto el gato, los ratones están de fiesta y cuando se funde el hielo corre el agua. Pero ya es hora de ocuparnos de detener al culpable.

Sir Leicester, que durante la anterior escena había permanecido completamente inmóvil, parece despertar de un sueño y mira atentamente al señor Bucket, que consulta su reloj.

—Esa persona ya debe de estar aquí y la detendré en su presencia, sir Leicester, rogándole que no diga usted una palabra ni haga el menor gesto. Así acabará todo, sin escándalo, y nadie se dará cuenta de ello. Esta tarde, si le parece bien, volveré para que nos pongamos de acuerdo y pensemos la mejor manera de silenciar ese asunto familiar. En cuanto al arresto del que va a ser testigo, sir Leicester, no se preocupe por nada, todo acabará siendo aclarado, de principio a fin.


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