La Casa lugubre
La Casa lugubre —¿Dónde está su traidora, falsa y maldita mujer? —pregunta mademoiselle, mirando al señor Bucket, con los ojos casi cerrados de odio.
—En la jefatura de policía. Allí la verá usted.
—¡Cuánto daría por darle un beso! —exclama mademoiselle jadeando como una fiera.
—Para morderla, sin duda —dice el señor Bucket.
—¡Para destrozarla y hacerla pedazos! —dice abriendo mucho los ojos.
—Lo comprendo —dice el señor Bucket con la mayor compostura—. Hay en su sexo muchos ejemplos de odios superiores a toda ponderación. ¿Qué apostamos a que no abriga hacia mí la mitad del odio que le inspira mi mujer?
—¡Oh, no! Aunque sea usted el diablo en persona.
—Ángel unas veces, diablo otras —contesta el señor Bucket—. Permítame que arregle su chal, no es esta la primera vez que lo hago, ni usted la primera mujer a quien sirvo de camarera. ¿Está usted preparada? ¿Lleva el sombrero? Abajo nos espera un coche.
Mademoiselle Hortense dirige una mirada al espejo, imprimiendo a su cuerpo un movimiento particular que basta para ajustar su vestido en un instante y es preciso confesar que su aire es de una perfecta distinción.