La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Querido amigo —le dice al señor Bucket—, lástima que siendo usted tan inteligente no pueda devolver la vida al señor Tulkinghorn.

—No puedo, en verdad —responde el señor Bucket.

—¡Lástima —añade— que con todo su poder no le sea posible devolver a milady su honradez!

—Déjese usted de burlas.

—¡Oh! ¡Devolver a ese hombre su orgullo de caballero! —grita mademoiselle con displicencia, en referencia a sir Leicester—. ¿No ve usted qué cara de bobo?

—¡Vamos!

—No llega su poder a tanto, querido, ¿verdad? Pues bien, haga usted de mí lo que quiera. Lo mismo da morir de una manera que de otra. Adiós, viejo gris, lo compadezco y lo desprecio.

Y, diciendo esto, aprieta los dientes como movidos por un resorte de acero.

Imposible explicar el modo particular con que el señor Bucket se lleva a la detenida, rodeándola de una nube de complacencia y tratándola del mismo cuidado con que un Júpiter doméstico llevaría consigo al objeto de su amor.


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