La Casa lugubre
La Casa lugubre Poco tiempo después de estar en camino, nos detuvimos en una calle solitaria, delante de la puerta de un edificio que parecía ser público y que tenía un farol de gas. Me hizo pasar y me acercó un sillón junto a un buen fuego. Ya era más de la una, según vi en un reloj que había junto a la pared. Los dos agentes de policía de perfecto uniforme escribían en medio de un silencio profundo, que nada alteraba, salvo, de vez en cuando, un golpe dado en alguna puerta subterránea, sin que ninguno de los dos pareciese prestar a este detalle la menor atención. Llamado un tercer agente, el señor Bucket le comunicó órdenes en voz baja y salió mientras los otros dos escribían la descripción de mi madre, que enseguida me leyeron y que no podía ser más exacta. Una de las copias fue entregada a otro agente (había varios en una sala al lado), el cual partió también y los otros dos volvieron a su tarea. Aunque todo ello se había hecho con gran rapidez, ninguno de los circunstantes parecía tener prisa, ni manifestaba el menor apremio.
—¿Va usted bien abrigada, señorita Summerson? —me preguntó después el señor Bucket, calentándose los pies uno después de otro—. Hace mucho frío y no es noche muy apropiada para una señorita.
Le contesté que me importaba poco en el frío, y que, además, iba muy bien abrigada.