La Casa lugubre

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—Nuestra expedición puede ser larga —dijo—, pero lo importante es alcanzar el objeto que nos proponemos.

—¡Dios lo quiera! —exclamé yo.

—No se preocupe —me dijo, expresando sus ánimos con un movimiento de cabeza—, cuanto más tranquila esté usted, mejor será para todos. Permanezca tranquila y atenta a cualquier cosa que pueda suceder, y será lo mejor para usted, lo mejor para mí, lo mejor para lady Dedlock y lo mejor para sir Leicester Dedlock, barón.

El inspector se mostraba muy atento y solícito conmigo y, mientras calentaba la suela de sus botas, frotándose la cara con el dedo índice, me sentí más tranquila y confiada. Un momento después, oí que un coche se detenía ante la puerta. Eran las dos menos cuarto.

—Ahora, señorita Summerson —me dijo—, vámonos ya, por favor.

El señor Bucket me ofreció el brazo, me acompañó a un faetón o calesa tirada por dos caballos de posta, y después de dejarme bien instalada en el interior del coche, subió al pescante. Un agente le entregó una linterna sorda que había pedido, dijo algunas palabras al conductor y partimos.


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