La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Hube de hacer un violento esfuerzo sobre mí misma con el fin de conservar la serenidad porque no me encontraba allí para aumentar las dificultades de la búsqueda, para disminuir sus esperanzas ni para alargar su demora. Permanecí en silencio, pero jamás podré olvidar lo que padecí en aquellos momentos. Era una pesadilla. Un hombre, cubierto de barro, con sombrero y grandes botas impermeables, se acercó para hablar con el señor Bucket y los dos bajaron por unos escalones viscosos. Pocos instantes después, volvieron a subir enjugándose las manos como si hubiesen tocado alguna cosa mojada. Gracias a Dios no era lo que yo temía. El señor Bucket (a quien todos parecían conocer y respetar) entró junto con los otros hombres en un edificio que había allí cerca, y me quedé sola con el conductor que daba grandes pasos junto al coche para entrar en calor. A cada momento me parecía que la marea, cuyas olas rompían contra el muro, iba a arrojar en el fango de la playa el cadáver de mi madre. El señor Bucket salió de la casa y subió otra vez al pescante, encargando a sus agentes que se mantuvieran alerta.

—No se alarme por todo esto, señorita Summerson —me dijo—, no he venido aquí sino para convencerme por mí mismo de que todo iba bien. ¡Adelante, muchacho!

Y los caballos partieron a todo correr.


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