La Casa lugubre
La Casa lugubre ParecÃa que desandábamos el camino que habÃamos tomado. No es que yo me hubiera dado cuenta de ningún objeto en particular en mi confuso estado de ánimo, sino al juzgar la apariencia general de las calles. Nos detuvimos un segundo en otro puesto de la policÃa y atravesamos de nuevo el rÃo. Desde que nos pusimos en marcha, no cesó ni un momento la vigilancia del señor Bucket, pero a mi parecer redobló su atención cuando pasamos por el puente. Se puso en pie para mirar por encima del parapeto, se apeó para examinar a una mujer que pasó por nuestro lado y clavó los ojos en el abismo con una expresión que me hizo estremecer. Estaba el rÃo tan sombrÃo y misterioso, se precipitaba con rapidez por entre sus márgenes, y se henchÃa para levantar tantas formas vagas parecidas a cadáveres, que, desde aquella noche, no lo he vuelto a ver sin experimentar las mismas sensaciones de entonces. Ante mis ojos arde tristemente el gas en los faroles del puente, el viento helado se arremolina alrededor de una vagabunda que pasa junto a nosotros, el monótono ruido de las ruedas llega todavÃa a mis oÃdos, y veo aún, a la macilenta luz de los faros del coche, aparecer entre las aguas un rostro pálido y cadavérico.