La Casa lugubre
La Casa lugubre Salimos de Londres y me di cuenta de que tomábamos el camino a Saint Albans, que tan familiar me era. En Barnet cambiamos de caballos y, sin perder un momento, volvimos a emprender la marcha. Una espesa capa de nieve cubrÃa el campo abierto y hacÃa un frÃo muy intenso.
—¿Conoce usted este camino? —me dijo, jovialmente, el señor Bucket.
—En efecto —le contesté—, ¿ha descubierto usted algo?
—TodavÃa no, pero aún es pronto.
El inspector entraba en todas las tabernas que cerraban tarde o abrÃan temprano (y habÃa bastantes por aquel entonces, pues el camino era frecuentado por muchos arrieros), y bajaba en cada barrera para hablar con los guardas. En todas partes oÃa cómo pedÃa algo de beber, bromeaba con todo el mundo y le pagaba la bebida a los presentes, pero en cuanto volvÃa a ocupar el pescante, su gesto se tornaba serio y vigilante y siempre le decÃa al conductor con el mismo apremio: «Más deprisa, amigo, más deprisa».
Esas paradas fueron la causa de que, a pesar de la rapidez de nuestra carrera, fueran entre las cinco y las seis de la mañana y nos quedaran aún muchas millas por hacer antes de llegar a Saint Albans.
—Tome usted esto, señorita Summerson —me dijo el señor Bucket, ofreciéndome una taza de té—, esto le hará bien y le dará fuerzas.