La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Ah! —dijo el señor Bucket—. Ya estamos. ¡Qué apartado y bonito lugar! Le recuerda a uno la casa de campo donde golpeteaba el pájaro carpintero, que era conocida por el humo que salÃa de ella de forma tan bonita. Muy de mañana hay fuego en la cocina, esto dice mucho en favor de sus criados. Pero siempre hay que tener cuidado de con quién se andan, nunca se sabe qué van a hacer si no se sabe eso. Y otra cosa, querida. Cuando vea usted a un joven tras la puerta de una cocina, ya puede acusarlo a la policÃa por sospechoso de allanamiento con propósito criminal.
Y, como en aquel momento nos encontrábamos frente a la casa, se puso a observar con mucha atención si habÃa huellas en la grava del camino, luego levantó los ojos hacia las ventanas del primer piso, y me preguntó mirando al cuarto del señor Skimpole:
—¿Son aquellas las habitaciones destinadas al viejo niño cuando está de visita, señorita Summerson?
—¡Conoce usted al señor Skimpole! —dije.
—¿Cómo dice que se llama? —respondió el señor Bucket poniéndose la mano detrás de la oreja—. ¿Skimpole? A menudo me he preguntado cuál era su nombre. ¿No se llama John o Jacob?
—Harold —dije.
—Harold, eso es. Una buena pieza —dijo el señor Bucket.
—Una persona bastante singular —añadÃ.