La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—No —contestó el señor Bucket, fríamente, quitándose el sombrero—. Lo vigilaba por ese asunto relacionado con lady Dedlock. El chico había hablado más de lo conveniente de un insignificante servicio por el cual le diera algún dinero el ahora difunto señor Tulkinghorn, y eso no podía tolerarse. Le había advertido que saliera de Londres, y venía a decirle que no solamente había de abstenerse de entrar en la capital, sino que también le estaba prohibido acercarse a ella.

—¡Pobre muchacho! —dije.

—Pobre, es cierto —asintió el señor Bucket—, sobre él habían caído todas las miserias pero, cuando observé que entraba en su casa, me vi en un verdadero conflicto.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Porque en su casa habría hablado aún más que en otras partes y no era ciertamente corto de lengua.

Aunque todavía hoy me acuerdo muy bien de esta conversación, me sentía entonces tan trastornada que apenas comprendía cosa alguna. Supongo que el señor Bucket decía todo aquello para distraerme, y, mientras me hablaba, no dejaba de estar atento al menor detalle. Y siguió hablando hasta que llegamos a la puerta del jardín.


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