La Casa lugubre
La Casa lugubre —Ya que esta es su residencia habitual, señorita Summerson, me gustarÃa saber —dijo— si por casualidad ha venido a preguntar por usted alguna desconocida que responda a su descripción. No es seguro, pero podrÃa haber ocurrido. ¿Se acuerda de aquella tarde que subió usted por esta colina, con su doncella y el pobre Jo, a quien llamaban Duro de pelar?
—Sà me acuerdo. ¿Cómo lo sabe usted?
—AllÃ, más lejos, encontró usted a un hombre en medio del camino —dijo el señor Bucket—. ¿Lo recuerda?
—En efecto.
—Pues era yo. —Y añadió al ver mi sorpresa—: Estaba vigilando al pobre muchacho. HabÃa venido aquella tarde en calesa en pos del chico. Quizá oyera usted las ruedas cuando salió en su busca, porque me percaté de su presencia y de la de su doncellita cuando subÃan mientras bajaba del caballo. Al hacer un par de preguntas sobre él en el pueblo, enseguida me enteré de en compañÃa de quién estaba, e iba a ir al barrio de los ladrilleros en su busca cuando vi que se lo llevaba a su casa.
—¿Acaso habÃa cometido algún delito? —pregunté.