La Casa lugubre
La Casa lugubre —George, cuando ayer vi a milady, me pareció leer en su rostro que los pasos de la galerÃa del fantasma la habÃan alcanzado al fin.
—Vaya, vaya, madre, esto es pura imaginación…
—No lo creas, hijo mÃo. En breve se cumplirán los sesenta años que estoy en esta casa, y nunca habÃa abrigado semejantes temores. Pero llega a su fin, hijo mÃo, la antigua familia de los Dedlock llega a su fin.
—Confiemos en que no sea asÃ, madre.
—Doy gracias a Dios de que me haya permitido vivir lo bastante para estar al lado de sir Leicester, durante esta desgracia, y cuidarlo en sus aflicciones, pues sé que en sus momentos de dolor me prefiere a todo el mundo. Pero, en cuanto a milady, hace mucho tiempo que los pasos de la galerÃa del fantasma la persiguen, y caerá para no levantarse nunca. Han pasado muchas horas tras ella y ahora la dejarán atrás y seguirán adelante.
—Vaya, madre, otra vez he de decirle que espero no.
—Quisiera equivocarme, George —responde la anciana negando con la cabeza y separando las manos entrelazadas—, pero de confirmarse mis temores, ¿quién se atreverá a decirle la verdad?
—¿Es esta la habitación de milady, madre?
—SÃ, está tal cual ella la dejó.