La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Ahora empiezo a comprender sus presentimientos y temores —dice el militar en voz baja y echando una mirada a su alrededor—, al ver estas salas suntuosas y provistas de toda suerte de comodidades, y pensando que la persona para quien están dispuestas se encuentra fugitiva y sin refugio con un tiempo como este, no es cosa como para tranquilizarse.

George tiene razón. Una separación hace presentir siempre la despedida final. Un lugar deshabitado murmura, en todas ocasiones, lo que serán un día su cuarto y el mío. La habitación de milady parece estar abandonada: sus vestidos, sus joyas, las cosas habituales que se ven tiradas aquí y allá, en el gabinete donde estuvo el señor Bucket la última noche, hasta sus espejos, acostumbrados a reflejar su imagen, todo tiene una apariencia tristemente desolada y vacía. Aquellos aposentos resultan más fríos y sombríos por su partida que la mísera cabaña cuyo techo preserva apenas del viento y de la lluvia a los que están en ella reunidos. Inútil es que los criados amontonen leña en las chimeneas y pongan los sofás y las sillas en pantallas cálidas de cristal que reflejan su brillante luz hasta los rincones más alejados, sobre las magníficas salas pesa una nube sombría que la luz no disipa.



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