La Casa lugubre

La Casa lugubre

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El ama de llaves y su hijo permanecen allí hasta dejarlo todo en orden, y vuelve luego arriba. Volumnia ha ocupado el lugar del ama de llaves entretanto, aunque su bote de afeites y collar de perlas, de tan poderoso efecto en la pequeña población de Bath, no son del menor alivio para el enfermo. La señorita Dedlock, que ignora completamente el verdadero motivo de la postración de sir Leicester no tiene ni una palabra apropiada a las circunstancias, y, a falta de ella, se entrega a continuas idas y venidas de puntillas, examina con atención el rostro de su primo, y se dice, por último, en voz baja: «¡Duerme!». Pero al oír esta observación, a todas luces superflua, sir Leicester escribe con mano indignada: «No».

Esto hace que Volumnia deje su silla y se la ceda a la anciana, que vuelve a ocupar su puesto a la cabecera del enfermo, mientras ella va a sentarse cerca de la mesa, lanzando prolongados suspiros. El barón continua mirando cómo cae la nieve, con el oído atento al menor rumor, y la señora Rouncewell, que parece salida de un cuadro de otra época para ayudar al Dedlock convocado en el otro mundo, oye, en medio del silencio, el eco de sus propias palabras: «¿Quién se atreverá a decirle la verdad?».



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