La Casa lugubre
La Casa lugubre —Le diré a usted, sir Leicester, que no tenÃa nada de que enorgullecerme. Y ahora mismo, si no estuviera usted indispuesto, lo cual espero que no dure mucho, le pedirÃa el favor de poder pasar inadvertido. Eso me ahorrarÃa explicaciones inútiles, que no dirÃan mucho en mi favor. Aunque haya muchas opiniones sobre muchos asuntos, creo que habrÃa un consenso universal, sir Leicester, en que no tengo motivos para estar orgulloso.
—Pero supongo que habrás sido buen soldado —dice Sir Leicester—, fiel a tu bandera.
George hace su inclinación militar.
—En cuanto a eso, sir Leicester, puedo afirmar que he cumplido con mi deber, sin faltar jamás a la consigna. Era lo menos que podÃa serme exigido.
—Me encuentras muy enfermo, George Rouncewell —añade sir Leicester fijando complacido su mirada en él.
—¡Cuánto lo siento, sir Leicester!
—Lo creo, George. Además de mi antigua dolencia he tenido de pronto un grave ataque de parálisis. Algo que entorpece —tratando de pasar una mano por debajo de un costado— y que confunde… —tocándose los labios.