La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Mirándote con atención, George Rouncewell —continúa sir Leicester con dificultad—, veo en ti al niño que conocí en Chesney Wold, a quien recuerdo muy bien, como si lo viera ahora mismo.

Diciendo esto, mira al militar hasta el momento en que sus ojos se llenan de lágrimas, y los desvía, entonces, para ver si la nieve continúa cayendo.

—Perdón, sir Leicester —dice el antiguo sargento—, ¿me permite que lo incorpore un poco? Estará usted más cómodo.

—Con mucho gusto, George.

El militar lo toma en brazos como a un niño, lo incorpora suavemente, y lo coloca ligeramente inclinado hacia la ventana.

—Gracias, George —dice sir Leicester—, a pesar de tu gran fuerza, tienes toda la suavidad de tu madre. Muchas gracias.

Y, con una seña, le indica que no se aleje. George permanece en silencio al lado de la cama y espera para ver qué le dice.

—¿Por qué has estado tanto tiempo sin dar noticias?

A sir Leicester le lleva algún tiempo decir estas palabras.


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