La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¿En qué parte de Londres?

La señora Rouncewell acaba reconociendo que se encuentra en la casa.

—¡Que suba, y que entre enseguida!

La señora Rouncewell se ve obligada a obedecer, y sale en busca de su hijo. El barón continúa mirando la nieve y aplicando el oído por si oye llegar a alguien. Sin embargo, han puesto en la calle una capa de paja tan espesa, para que el ruido no le molestara, que podría ocurrir que el coche de milady hubiese llegado a la puerta sin que él se hubiese dado cuenta.

Al volver el ama de llaves, acompañada de su hijo, sir Leicester está aún en la misma posición. El señor George se acerca al lecho en silencio, hace su inclinación, se pone firme y se queda así, con la cara sonrojada, y muy sinceramente avergonzado de sí mismo.

—¡Santo cielo! Es George Rouncewell —exclama sir Leicester—. George, ¿te acuerdas de mí?

El militar necesita mirarlo y distinguir unos sonidos de otros antes de saber lo que le ha dicho, pero después de eso, y tras una pequeña ayuda de su madre, contesta:

—Tendría una muy mala memoria si le hubiese olvidado, sir Leicester.


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