La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Tan imprevista noticia, como lo inesperado del regreso de una persona a quien se creía muerta desde hacía mucho tiempo, robustecen más y más su esperanza.

«¿No la podrán hallar —piensa— con todos los medios de los que dispongo cuando solo hace pocas horas de su partida, mientras que desde hace muchos años dimos por perdido a George?»

En vano quieren impedirle hablar, y le suplican que guarde silencio. Las palabras acuden a sus labios, casi inarticuladas, es cierto, pero se deja comprender.

—¿Por qué no me lo había dicho, señora Rouncewell?

—No lo encontré hasta ayer, sir Leicester, y creí que no estaba usted en disposición de hablarle de semejante cosa.

Además, la atolondrada Volumnia ahora se acuerda, con su gritito de costumbre, de que nadie debía saber que era el hijo de la señora Rouncewell, y que ella no debía contarlo. Pero la señora Rouncewell protesta, suficientemente acalorada como para que se le hinche el corsé, que, por supuesto, se lo hubiera contado a sir Leicester en cuanto estuviera mejor.

—¿Dónde está su hijo George, señora Rouncewell? —pregunta sir Leicester.

La señora Rouncewell, asustada al considerar hasta qué se infringen las órdenes del doctor, dice que está en Londres.


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