La Casa lugubre
La Casa lugubre George, a quien aquella vasta morada trae a su memoria la quinta y los tiempos de su infancia, sube lentamente la escalera observando a su alrededor y meditando en todo lo que le ha venido sucediendo de algunos dÃas hacia acá: en el procurador asesinado, cuya imagen conserva viva en su mente; en la mujer fugitiva, cuyas recientes huellas encuentra a cada paso que da en aquella casa; en el dueño de ella, y en aquellas palabras de su madre: «¿Quién se atreverá a decirle la verdad?». Mirando a una y otra parte, listas las manos para caer sobre el primer objeto sospechoso que llegue a descubrir, avanza y llega al aposento de sir Leicester, sin que en la oscuridad que ha atravesado haya descubierto otra cosa que el vacÃo y el silencio.
—Todo está listo, ¿no es cierto, George Rouncewell?
—SÃ, señor, todo está a punto y preparado.
—¿No se sabe nada?
El sargento hace una señal negativa con la cabeza.
—¿No has encontrado ninguna carta dejada allà por olvido?
Y sin esperar contestación, pues sabe demasiado bien que aquello no es posible, deja caer la cabeza en la almohada.