La Casa lugubre
La Casa lugubre George cree oportuno ofrecerle el brazo, acompañándola hasta la puerta de su cuarto, y la doncella considera también oportuno que lo mejor es meterla en la cama sin ceremonia alguna. El militar continúa, enseguida, su consabida ronda, con la casa para él solo.
El tiempo continúa endemoniado. De las cornisas, de las pilastras y de la gradería hasta el tejado cae la nieve derretida, chorreando a lo largo de los muros. Como en busca de un abrigo, se acurruca al pie de la puerta cochera, en los intersticios de las ventanas, en los más pequeños huecos, para abandonarlos luego convertida en agua helada, y sobre el tejado, sobre el tragaluz de la escalera, a través del cual pasa, cae en espesos copos: trap, trap, trap, con la monotonía de los pasos del espectro de la galería de Chesney Wold.