La Casa lugubre
La Casa lugubre —Una joven que al valor suma la docilidad —dijo— es todo lo que pedÃa y mucho más de lo que podÃa esperarse. Se ha portado usted con la entereza de una reina, mi querida señorita.
Dichas estas animosas palabras, subió al pescante y nos pusimos de nuevo en marcha. ¿Adónde Ãbamos? Yo no lo sabÃa entonces, ni jamás lo he sabido después. Se dirÃa que escogÃamos las calles más estrechas y horribles de Londres. Cuando veÃa que le daba órdenes al cochero, me hacÃa a la idea de que Ãbamos a pasar por una confusión de calles semejantes, y era lo que siempre sucedÃa.
De vez en cuando, salÃamos a una calle más ancha, y nos detenÃamos delante de una casa mejor iluminada y más grande que las demás donde el señor Bucket hablaba con varias personas. A veces, se apeaba al doblar una esquina, o junto a una puerta cochera, mostraba la luz de su linterna, que atraÃa a otras semejantes del fondo de las tinieblas como las nubes de insectos que acuden alrededor de la llama, y entablaba una nueva conversación. El cÃrculo de nuestras investigaciones iba estrechándose poco a poco y ya simples agentes de policÃa podÃan decir al señor Bucket lo que deseaba saber, e indicarle el camino que habÃa de seguir.