La Casa lugubre

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—Ahora, querida señorita —me dijo el señor Bucket, asomando la cabeza por la ventanilla, después de haber cerrado la portezuela—, iremos en busca de esa mujer. Quizá sea esto un poco largo, pero no tema usted. Esté segura de que tengo motivos suficientes para obrar como lo hago.

No me cabía duda alguna de que tenía tales motivos, pero estaba muy lejos de pensar que en breve había de llorar mucho al comprender demasiado bien el sentido de estas palabras. Contesté, sin embargo, que tenía puesta en él toda la confianza.

—Puede usted hacerlo sin temor —me dijo—, pero con que me conceda la mitad de la que yo tengo en usted por la entereza con que se ha portado, con esa mitad me basta. ¡Divina Bondad! Nunca había visto a una señorita de su clase, ni de ninguna clase de la sociedad (y he conocido a muchas de muy alta alcurnia), portarse como usted se ha comportado desde el momento en que fui a sacarla de la cama. Es usted una mujer ejemplar —añadió el señor Bucket, con calidez—, un verdadero ejemplo.

Le contesté que me alegraba mucho de no haber sido para él un obstáculo, y añadí que esperaba que lo mismo sucediese hasta el fin.


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