La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Huelga decir lo que yo sufría, pensando en que nos alejábamos más y más de mi pobre madre. Traté de convencerme de que había poderosas razones para seguir los pasos de la mujer del ladrillero, y hasta me animaba, reflexionando, que aquello no era tan desacertado como me había parecido al principio. Pero, a mi pesar, la incertidumbre me torturaba y decía para mis adentros: ¿De qué servirá hallar a Jenny? ¿Qué sucederá luego? ¿Podrá esto compensar la pérdida de tiempo que nos ocasiona correr tras ella? Eso me preguntaba a mí misma cuando nos detuvimos delante de un puesto de coches. El señor Bucket pagó a nuestros postillones, que estaban cubiertos de barro, como si se hubiesen arrastrado por el camino, y les indicó, brevemente, adónde habían de llevar el carruaje. Me invitó a apearme y me condujo a un coche de alquiler que escogió entre los de la parada.

—¡Pero, hija mía! Está usted empapada —me dijo, ayudándome a subir al coche.

Ni siquiera me había dado cuenta de ello. La nieve había penetrado en el carruaje, y, además, habiendo tenido que poner pie en tierra dos o tres veces al caer los caballos, la lluvia había calado mis ropas. Le contesté sin darle importancia a la cosa y diciendo que no valía la pena pensar en ello, pero el cochero, sin hacer caso de mis protestas, corrió a la caballeriza y volvió con alguna paja seca, que en breve trajo el calor a mis pies.


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