La Casa lugubre
La Casa lugubre Giramos la esquina y avanzamos por el barrio, hundidos los pies en la nieve medio derretida. Recuerdo que entonces dieron las cinco y media. Avanzábamos silenciosos y con paso ligero, cuando tropezamos en la estrecha acera con un caballero que venía en dirección contraria, y que, envuelto en una capa, se apartó para cedernos el paso. Al mismo tiempo, oí una exclamación de sorpresa y mi nombre pronunciado por el señor Woodcourt, cuya voz reconocí inmediatamente.
Fue tan inesperado el encuentro, y tan viva la sensación que me causó después de nuestra febril carrera en medio de la noche, que no pude contener mis lágrimas. Me causó el mismo efecto que si hubiese oído su voz en el extranjero.
—¡Señorita Summerson! ¿Usted por estas calles, a esta hora y con un tiempo semejante?
El señor Woodcourt sabía por el señor Jarndyce que habían ido a buscarme para un asunto de importancia, y se apresuró a decírnoslo para evitarnos explicaciones. Manifesté que acabábamos de bajar del coche y que íbamos… Me contuve, pues, al llegar ahí mantuve la vista en mi compañero de viaje.
—Vamos a la calle siguiente, señor Woodcourt —sabía su nombre de oírmelo—. Soy el inspector Bucket.
El señor Woodcourt, a pesar de mi resistencia, se había quitado la capa y la ponía sobre mis hombros.