La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Buena idea! —exclamó el señor Bucket—. ¡Excelente idea!
—¿Puedo ir con ustedes? —me preguntó el señor Woodcourt.
—No hay inconveniente —dijo el inspector.
Y, arropada en la capa, andaba entre los dos.
—Hace poco que he dejado a Richard —explicó el señor Woodcourt—. Desde las diez de la noche he estado a su lado.
—¿Está enfermo?
—No, enfermo no, pero tampoco está muy bien. Ya sabe usted lo frenético y abatido que está en ciertas ocasiones, anoche estaba postrado como nunca. Ada me mandó llamar. Yo no estaba en casa, pero al regresar, encontré su nota, y fui al momento a verlos. Eran alrededor de las diez. Richard empezó a hablar, se animó poco a poco, y como Ada, contenta al verlo de aquella manera, me atribuyó la mejorÃa experimentada, me quedé con él hasta que hubo conciliado el sueño y Ada se disponÃa a hacer lo mismo.