La Casa lugubre
La Casa lugubre ¿Podía yo separar, en mi corazón, el cariño y las atenciones de que el señor Woodcourt les hacía objeto, la confianza que les había inspirado, el consuelo que le daba a mi querida amiga, de la promesa que él mismo me había hecho? Muy ingrata habría debido yo de ser para olvidar las palabras que me dirigió a su regreso, cuando, conmovido, viendo la alteración de mi rostro, me dijo hablando de Richard: «Lo prometo como por mandato sagrado». Entramos en una callejuela.
—Señor Woodcourt —dijo el señor Bucket, que tenía un ojo atento puesto en él mientras seguíamos adelante—, hemos de ver a un proveedor de los tribunales que vive aquí, al señor Snagsby… Pero usted ya lo conoce —añadió, con una sola mirada le había bastado para adivinarlo.
—Así es, lo conozco —contestó el señor Woodcourt—. Lo he visitado en otra ocasión.
—¿De verdad, caballero? —dijo el señor Bucket—. ¿Quiere usted tener la bondad de quedarse unos instantes con la señorita Summerson, mientras hablo con el papelero un momento?
El último agente de policía con quien había hablado el señor Bucket nos había seguido en silencio y se hallaba detrás de nosotros. Yo no lo había advertido, ni me habría dado cuenta de su presencia, si, a un comentario que hice sobre unos sollozos que me parecía oír, no me hubiese contestado: