La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—No se asuste, señorita, es la criada del señor Snagsby.

—La pobre muchacha padece de ataques de histerismo —añadió el señor Bucket—. El ataque que le ha dado esta noche es muy violento, y en verdad que lo siento, pues necesito un dato que solo ella puede darme. Es necesario hacerla volver en sí de un modo u otro.

—Quizá eso haya sido favorable —dijo el agente de policía—, si no le hubiera dado este acceso, es muy probable que todos estuviesen en cama a estas horas.

—Sí, puede ser —contestó el señor Bucket—. Mi linterna se ha agotado, encienda usted la suya un momento.

El agente obedeció. Entonces el inspector, rodeado del círculo luminoso que formaba la linterna, se dirigió hacia la casa de donde salían los gritos y llamó a la puerta. Le abrieron, entró, y nosotros nos quedamos esperando en la calle.

—Señorita Summerson —me dijo el señor Woodcourt—, si no es pecar de inoportuno, podría quedarme con usted. ¿Me permite que así lo haga?

—Acepto su oferta y le doy gracias por su amable compañía —le contesté—. Si no le digo el secreto que nos ha traído hasta aquí, es porque no me concierne solo a mí.


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