La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Lo comprendo a la perfección. Confíe en mí, seguiré a su lado solo mientras pueda respetarlo por completo.

—Confío en usted sin reservas —dije—. Sé y siento en lo más profundo de mí lo sagradas que son las promesas para usted.

Un momento después, brilló de nuevo el círculo luminoso y el señor Bucket se dirigió hacia nosotros con cierto aire de precipitación.

—Haga el favor de entrar, señorita Summerson —me dijo—, y siéntese junto al fuego. Creo que es usted médico, señor Woodcourt, ¿no es cierto? Necesitaría que examinase a una joven y viese si se le puede hacer algo que la saque del estado en que se encuentra. Ha recibido una carta que me es indispensable, y, como no la encuentro en su cofre, solo ella puede saber dónde se encuentra. La pobre está presa de tales convulsiones que es difícil tocarla sin hacerle daño.

Entramos los tres en la casa, en la que se respiraba una atmósfera pesada y sofocante, a pesar del frío que se sentía en la calle. Detrás de la puerta, había un hombre pequeñito y muy asustado cuyo rostro manifestaba una gran tristeza. Su carácter me pareció dócil y amable.


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