La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Fueron pronunciadas estas palabras con una expresión tan abatida, y la recepción era tan fría, que creí deber excusarme con la dueña de la casa, pero el señor Bucket me interrumpió, y dijo:

—Señor Snagsby, lo más urgente en este momento es acompañar al señor Woodcourt a ver a su pobre Guster.

—¡Mi Guster! —exclamó el papelero—. ¡Ay! ¡Señor Bucket! ¡Esto sería un nuevo cargo contra mí!

—Y nos iluminará usted —continuó el inspector, sin retractarse de sus palabras— y también si es necesario sujetará a la muchacha. En una palabra, ha de sernos usted útil para algo, pues me consta que no existe en el mundo persona más servicial que usted. ¡Es usted tan complaciente, tan bueno, tiene usted un alma tan compasiva! Señor Woodcourt, tenga usted la bondad de examinarla y si da usted con la carta, le ruego que me la entregue inmediatamente.

El señor Snagsby y el señor Woodcourt salieron de la cocina, y el señor Bucket me hizo sentar, junto al fuego. Me recomendó que me secara los zapatos y los puso junto al fuego para que se secaran.


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