La Casa lugubre
La Casa lugubre —Querida señorita —me dijo—, no haga usted caso de las miradas poco hospitalarias que la señora Snagsby le dirige: esa buena señora está dominada por un error que conocerá en breve, y que una mujer como ella, acostumbrada a reflexionar maduramente y a no abrigar sino buenos pensamientos, deplorará sin duda su conducta en cuanto le haya probado que se equivoca.
Diciendo esto, se levantó, y teniendo en la mano la capa y el sombrero completamente empapados de agua, calado también todo él, volvió la espalda al fuego, y, dirigiéndose a la señora Snagsby, agregó lo siguiente:
—Lo primero que he de manifestarle a usted como mujer casada que posee tantas virtudes… «Son tantas tus virtudes y hechizos, y todo lo demás», sin duda conoce usted la canción, pues no ignora usted nada de lo que sabe la buena sociedad… A usted, pues, que posee tan buenas cualidades como para tener confianza en mà misma, le bastará recordar lo que ha hecho en su vida a fin de no ser excesivamente severa y demasiado injusta con los demás.
La señora Snagsby, a quien alarmaron aquellas palabras, se suavizó un poco y balbució algunas palabras para preguntarle al señor Bucket lo que significaban las suyas.