La Casa lugubre
La Casa lugubre —HabÃa yo salido para un recado. Era entrada ya la noche cuando al regresar encontré una mujer mojada, llena de barro, que estaba mirando nuestra casa. Al ver ella que yo me dirigÃa a la puerta, me llamó y me preguntó si vivÃa aquÃ. Le dije que sÃ, y entonces ella añadió que, aunque conocÃa por estas calles a dos o tres familias, se habÃa extraviado y desorientado… ¡Ay! ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! No me creerán, y sin embargo, no me dijo nada malo, ni yo tampoco, señora Snagsby.
Fue necesario que su ama la tranquilizase, lo cual he de confesar que hizo con sincera contrición.
—Dijo que andaba desorientada —dije yo.
—Eso —continuó Guster—, la pobre se habÃa extraviado, y ¡estaba tan débil, andaba cojeando y parecÃa tan miserable! Si la hubiese usted visto, señor Snagsby, estoy segura de que le habrÃa dado media corona.
—Sin duda que sÃ, Guster —contestó él sin saber exactamente lo que habÃa de decir.