La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Haciendo esfuerzos para recobrar mi serenidad, y recordar bien aquellas preguntas, fui a ver a la enferma. El señor Woodcourt hizo ademán de quedarse fuera, pero a instancia mía nos siguió al cuarto de la pobre muchacha. Esta estaba sentada en el suelo, donde la dejaron cuando le dio el ataque, y aunque no era bonita y parecía de complexión débil y miserable, su rostro enfermizo y de suave perfil expresaba bondadosos sentimientos. Arrodillada a su lado, recliné su cabeza sobre mi pecho. La infeliz pasó el brazo alrededor de mi cuello y prorrumpió en llanto.

—Guster —le dije, apoyando en la suya mi frente, pues yo también lloraba—, ya sé que es una crueldad atormentarla en estos momentos, pero ¡si supiera cuánto nos interesa saber algunos pormenores acerca de esa carta!

Ella empezó manifestando con voz débil no haber tenido la menor intención de hacer el menor daño a nadie, ni ofender en nada a la señora Snagsby.

—Estamos convencidos de ello —le contesté—, pero díganos cómo ha llegado esa carta a sus manos.

—Se lo voy a decir, señorita. No diré más que la verdad, señora Snagsby.

—Estoy segura —dije—. Y, ¿cómo pasó?


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