La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Tenga valor! —dijo el señor Bucket—, ya solo quedan unas lÃneas.
Lo restante habÃa sido escrito en otra ocasión, y, según todas las apariencias, a oscuras.
«He hecho lo posible para que no puedan hallarme. En breve me olvidarán y asà no le causaré a él tanta vergüenza. Nada en mà puede hacer sospechar quien fui. Daré este papel al primero que pase y todo habrá concluido. Varias veces habÃa pensado en el punto adonde voy a descansar para siempre, si Dios me da fuerzas para arrastrarme hasta allÃ. Adiós. ¡Perdón!»
El señor Bucket me sostuvo en sus brazos, y me dejó suavemente en una silla.
—¡Tenga valor! —repitió—. No piense que quiero abusar de su fuerza, señorita, pero, tan pronto como pueda, cálcese los zapatos, y dispóngase a partir.
Hice al momento lo que me pedÃa, pero me dejó sola algún tiempo para rezar por mi madre, y él se fue a ver a la pobre muchacha a cuyo lado estaba el doctor, y cuando los dos volvieron a la cocina, el señor Woodcourt opinó que el único medio de sacar de la enferma lo que se querÃa saber era hablarle con mucha dulzura. Se encontraba ya en estado de contestar, pero era menester no asustarla para permitirle coordinar las ideas sobre lo sucedido. Las preguntas, dijo el señor Bucket, eran: ¿quién le dio ese papel?, ¿qué le dijo la persona que se lo entregó?, y ¿adónde iba esa persona?