La Casa lugubre

La Casa lugubre

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«He venido a la casa con dos objetos: con el deseo de ver a aquella niña a quien tanto amo…, verla tan solo, pues no era mi intención hablar con ella ni dejarle sospechar que estaba tan cerca de ella; y después para eludir las pesquisas y hacer que se perdieran mis huellas. No reprendas a Jenny por la ayuda que me ha prestado, pues la pobre mujer no se ha decidido a hacerlo si no porque se lo pedí en nombre de aquel pobre angelito que está en el cielo. ¿Te acuerdas de la infeliz criatura que perdió? Pude hacerme con el consentimiento del marido y de su camarada, comprando esta aquiescencia, pero a ella le bastó aquella santa invocación.»

—«He venido a la casa…» —observó el señor Bucket—, de modo que esto lo escribió probablemente en la choza. No me equivoqué.

«He hecho una larga caminata, he ido a parar muy lejos, y me siento morir. ¡Qué calvario, Dios mío! Mi único pensamiento es la muerte. Cuando me marché, abrigaba otros más culpables, pero me he salvado del suicidio, y no añadiré este delito a todo lo demás. El frío, la nieve y el cansancio son causas de muerte suficientes para explicar la mía, pero no es precisamente eso lo que me mata, por más que sufra mucho y me sienta destrozada. Es justo que, cuanto me ha sostenido, me abandone a la vez, y que el terror y el remordimiento acaben conmigo.»


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