La Casa lugubre
La Casa lugubre —Pues como le decía, me preguntó el camino del cementerio y yo se lo indiqué. Entonces me miró con unos ojos, como si estuviera casi ciega, y vacilaba, como si sus piernas no pudiesen sostenerla. Sacó la carta y me dijo que si ella misma la echaba al buzón, se borraría la dirección y no llegaría a su destino, por lo cual me rogaba que la enviara yo y que se pagaría al portador en la casa adonde iba dirigida. Yo le contesté que no tenía inconveniente en ello, con tal de que no se hiciese mal a nadie, y ella me aseguró que no había nada que temer. Me dijo también que no podía darme nada, y yo le respondí que siendo también pobre, no quería que me diese nada. Entonces exclamó: «¡Dios te bendiga!», y se marchó.
—¿Hacia qué dirección…?
—Sí —dijo Guster adivinando mi pregunta—, tomó por el camino que yo le había indicado. Enseguida, entré yo en casa, y la señora Snagsby se acercó a mí por detrás, sin que yo la viera, y me cogió por los brazos… ¡Dios mío! ¡Qué miedo me daba!
El señor Woodcourt apartó de mí a la pobre niña. El señor Bucket me cubrió con su capa, y un instante después estábamos de nuevo en la calle. El señor Woodcourt no se atrevía a seguirnos.
—¡No nos deje usted! —le dije.
El señor Bucket añadió: