La Casa lugubre
La Casa lugubre —Sí, acompáñenos usted, pues puede sernos de gran utilidad. Pero no perdamos un minuto.
Solo me queda un vago recuerdo de lo que ocurrió después. Recuerdo que anduvimos a la luz vacilante del alba, pero el gas ardía aún. Llovía y nevaba como antes, e iba aumentando la espesa capa de barro de las calles. Aún me parece estar viendo a las pocas personas que, transidas de frío, pasaron por nuestro lado, y a mi vista se ofrecen todavía los tejados relucientes de humedad, los ennegrecidos montones de nieve y hielo que hubimos de pisar y las estrechas callejuelas por donde pasamos. Recuerdo, también, que en mi oído resonaba sin cesar el relato de la pobre muchacha, sentía que se apoyaba aún en mi pecho, y las casas, destilando agua, parecían tomar semblante humano para mirarme fijamente. Tales visiones eran para mí más horribles que la misma realidad.