La Casa lugubre
La Casa lugubre Nos detuvimos, al fin, bajo una bóveda sombrÃa y de miserable aspecto al final de la cual brillaba una lámpara macilenta sobre una verja de hierro. Detrás de esta se veÃa el cementerio, sitio espantoso del cual se apartaba con lentitud la noche, dejando ver un confuso amontonamiento de piedras y tumbas removidas, cercadas de repugnantes huecos, abominables tabucos cuyas paredes cubrÃa una grasienta humedad como el pus de una herida infectada. En el escalón que precedÃa a la verja, medio oculta por el fango de aquel lodazal inmundo, estaba tendida una mujer, Jenny, la madre de aquel pobre niño.
Di un grito de horror y corrà hacia ella. El señor Woodcourt me detuvo y me suplicó, con lágrimas en los ojos, que antes de acercarme a aquella mujer atendiese a lo que querÃa decirme el señor Bucket.
—Señorita Summerson, sepa usted —dijo el inspector—, que en la casa cambiaron de traje.
—¿Cambiaron de traje? —repetÃ, sin que aquellas palabras, de las cuales solo llegaba a comprender el sentido literal, despertasen en mà idea alguna.
—Una regresó —continuó el señor Bucket— al mismo tiempo que la otra seguÃa adelante para burlar la búsqueda. Ya sabe que esto nos ha engañado y hecho perder mucho tiempo. Luego volvió a su casa a campo través. ¿Lo comprende ahora, señorita?