La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Ada, habitaba aún en la oscura y triste casa donde vivía y yo había comenzado, de nuevo, mis visitas diarias. En general, iba a verla por la mañana, pero, además, siempre que disponía de un momento libre durante el resto del día, lo aprovechaba para hacer una escapada allí. Gracias a alegría y las sonrisas que me prodigaban nada más verme, no tenía ningún miedo a que mis visitas les resultaran molestas. Me sentía tan cómoda en aquella casa como si fuera la mía y tanto era así que nunca llamaba a la puerta antes de entrar. En tales ocasiones, Richard estaba casi siempre fuera. En cambio, por las mañanas lo encontraba escribiendo u hojeando los papeles que llenaban su mesa. A veces lo veía en la vecindad o esperando en la puerta del señor Vholes, mordiéndose las uñas o vagando por Lincoln’s Inn, donde lo encontrara por primera vez. ¡Cuánto había cambiado desde entonces!

Yo no ignoraba que el dinero que Ada había aportado, se iba consumiendo a la par que las velas que veía arder en el estudio del señor Vholes. La suma no era muy grande, Richard tenía algunas deudas cuando se casó, y todo eso, unido a la vehemencia con que llevaba el asunto el señor Vholes, eran motivos más que suficientes para gastar más de lo que podían. Ada procuraba economizar todo lo posible, pero era demasiado evidente que cada día eran más pobres.


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