La Casa lugubre
La Casa lugubre —No soy adivino y no puedo afirmarlo, querida, pero asà lo espero —contestó mi tutor sonriendo—. Woodcourt goza en el paÃs de una excelente reputación. Muchas personas de esa zona se encontraban con él en el barco que naufragó, y esta vez, por singular que parezca, el hombre al que asiste mejor derecho es el que tiene más probabilidades de ser nombrado. No vayas a creer que eso sea una mina. Nada de eso, es una plaza muy modesta: mucho trabajo y poco dinero. Pero es un puesto con porvenir, y que puede, con el tiempo, llegar a ser muy bueno.
—Los pobres del paÃs tendrán ocasión de bendecir la elección, si el nombramiento recae en el señor Woodcourt.
—Con toda seguridad, querida.
Enseguida, hablamos de otras cosas, sin que viniera a cuento hablar de la Casa lúgubre, ni de la suerte que le estaba destinada. Me pareció que la explicación habÃa que buscarla en que aquella era la primera ocasión en que me habÃa sentado a su lado vestida de luto.