La Casa lugubre
La Casa lugubre Yo tenía quince libras, y algunos chelines, que había ahorrado de mi asignación trimestral durante varios años. Y que había conservado por temor a encontrarme en un momento dado sin apoyo ni recursos en la vida y siempre había tenido un poco de dinero conmigo para no verme sin un penique. Le conté a Richard que tenía esas pequeñas reservas y que no las necesitaba por el momento, y le pedí que informase de ello con delicadeza al señor Skimpole, mientras, iría por ellas, y así tendríamos el placer de pagar su deuda.
Cuando volví, el señor Skimpole me besó la mano con verdadera emoción, no por propio interés (de nuevo me hice consciente de esa contradicción desconcertante y extraordinaria), sino por nosotros, como si le fuese imposible toda consideración personal y solo le causara alegría nuestra felicidad. Habiéndome suplicado Richard, para que la transacción fuese más elegante, que fuese yo quien terminara el asunto con Coavinses (como lo llamaba ya jocosamente el señor Skimpole), conté el dinero y este me dio el correspondiente recibo, lo que también le divirtió mucho al señor Skimpole. Administró con tanta delicadeza sus cumplidos que me sonrojé menos de lo que hubiese sido posible y pude arreglar las cuentas con el desconocido sin cometer errores.
Se embolsó el dinero recibido y dijo lacónicamente:
—Bien, pues, le deseo buenas noches, señorita.