La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Amigo mío —dijo el señor Skimpole, que estaba de espaldas al fuego después de haber dejado el boceto cuando lo medio terminó—, quisiera hacerle a usted una pregunta, aunque sin la menor intención de ofenderle.

Creo que su respuesta fue:

—Puede, hágala ya.

—¿Sabía usted por la mañana que tendría que llevar a cabo esta diligencia?

—Lo sabía ayer tarde a la hora del té —dijo Coavinses.

—¿Y no perdió el apetito ni sintió el menor malestar?

—Ni en lo más mínimo. Sabía que si no lo encontraba a usted hoy le encontraría mañana. Un día antes o después poco importa.

—Pero cuando venía para acá —prosiguió el señor Skimpole— el día era hermoso, el sol brillaba, el viento soplaba, y la luz y la sombra se entrelazaban en los campos, y cantaban los pájaros.

—Nadie ha dicho lo contrario a mi entender —respondió Coavinses.

—Por supuesto —observó el señor Skimpole—. Pero ¿en qué pensaba usted mientras iba en mi busca?


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