La Casa lugubre
La Casa lugubre —¿Adónde quiere llegar? —vociferó el agente, que parecÃa muy enojado—. ¡Pensar! ¡Tengo mucho que hacer y poco que ganar para perder el tiempo pensando! ¡Pensar! —dijo con profundo desprecio.
—De modo que no ha pensado usted —prosiguió el señor Skimpole— al respecto: «A Harold Skimpole le gusta ver brillar el sol, le gusta oÃr el viento que sopla, le gusta mirar los cambiantes efectos de la luz y de la sombra, le gusta oÃr el canto de los pájaros, esos grandes cantantes del templo de la naturaleza. Y parece que voy a privarlo de la parte que le corresponde en todos esos bienes, que es su única herencia». ¿No ha pensado usted nada de eso al respecto?
—¡Ab-so-lu-ta-men-te, no! —dijo Coavinses, cuya obcecación en renunciar por completo a esa idea era de tal intensidad que solo podÃa darle una adecuada expresión dilatando el intervalo entre cada sÃlaba, y acompañando el «no» con un ademán que le podrÃa haber dislocado el cuello.
—¡De qué manera tan extraña y tan curiosa se desenvuelve la inteligencia en vosotros, los hombres de negocios! —dijo el señor Skimpole, meditabundo—. Le doy las gracias, amigo mÃo. Buenas noches.