La Casa lugubre
La Casa lugubre Estábamos de pie cerca de la ventana abierta, y mirábamos a la calle en silencio, cuando el señor Woodcourt me dirigió la palabra. Entonces supe, en un momento, que me amaba, que para él no existÃa el cambio de mi rostro, que el sentimiento que yo tomara por compasión, era, por el contrario, un amor respetuoso, generoso, fiel. Demasiado tarde para saberlo, ¡ay! Esta cruel idea fue la primera que acudió a mi mente: ¡demasiado tarde!
—A mi regreso —dijo— cuando volvà tan pobre como me marché, la vi otra vez recién salida del lecho del dolor, y no pensaba sino en los demás, sin acordarse de usted misma…
—¡Ay! Señor Woodcourt, ¡por Dios! No me hable usted asÃ, pare —le rogué—. Precisamente en la época de la que me habla usted, abrigaba, por el contrario, muchos pensamientos cuyo objeto era solo yo misma.
—Bien sabe Dios que cuanto le digo es la verdad pura… Usted no sabe, amada mÃa, lo que ven en Esther Summerson cuantas personas la tratan. Usted no ignora ¡cuántos corazones ha hecho suyos, cómo ha sabido conquistarse el amor de todos!
—¡Ay! Señor Woodcourt —exclamé—. Es hermoso hacerse querer, muy hermoso. Crea que me siento feliz y orgullosa, y que sus palabras me hacen llorar de alegrÃa y de dolor; de dolor porque no soy libre, señor Woodcourt, y me es imposible pensar en su cariño.