La Casa lugubre
La Casa lugubre Pronuncié estas palabras con solemne resolución, pues en las alabanzas que me dirigiera había reconocido la sinceridad y la emoción con la que hablaba, y quería hacerme digna de su estima. Para eso, por lo menos, no era tarde; para conseguirlo, podía trabajar toda mi vida, y esto suponía para mí un consuelo y un estímulo, sintiendo nacer en mi pecho un nuevo sentimiento de dignidad, que me venía de él al decidir hacerme mejor para merecer sus elogios.
El señor Woodcourt rompió otra vez el silencio, y me dijo:
—Después de haberle oído decir que no es usted libre, mal probaría la confianza que tengo en usted, a quien amo tanto y amaré siempre, si insistiese en hablarle de mi amor. Permítame que le diga, únicamente, querida Esther, que el recuerdo del cariño que sentía hacia usted me lo llevé a través de los mares, y se elevó a mi regreso en una pasión absoluta… No quería hablarle de ello hasta que mejorase su situación, pues lo consideraba inoportuno: hoy mi esperanza y mis temores se han convertido en realidad. No hablemos más de ello, pues veo que le causo tristeza.
En aquel instante, pasó por mi alma el ángel que él viera en mí, y, dolida por la pena que leía en sus ojos, intenté ayudarlo a sobrellevar su dolor.