La Casa lugubre
La Casa lugubre —Señor Woodcourt —le dije—, su generosidad me conmueve, y hasta la hora de mi muerte conservaré este recuerdo, como un valioso tesoro. Sé cuánto ha cambiado mi rostro, no ignoro que sabe usted mi historia, y comprendo toda la nobleza y generosidad de semejante amor. Sus palabras me han conmovido mucho, precisamente porque usted las ha pronunciado. Nadie en el mundo podrÃa darles el valor que usted les ha dado, y le aseguro que no caerán en el vacÃo y que procuraré ser mejor de lo que soy.
El señor Woodcourt se llevó una mano a los ojos y volvió el rostro. ¡Cómo podrÃa hacerme nunca digna de aquellas lágrimas!
—Y, si al continuar cuidando juntos a Ada y a Richard, y al vernos con la frecuencia presente, halla usted en mà algo más y mejor que antes, piense que se lo deberé a usted, y que sus palabras de hoy serán su origen. Crea que esta noche nunca caerá para mà en el olvido, querido señor Woodcourt, y que mientras sienta latir mi corazón, estaré contenta y orgullosa por haber merecido su amor.
El señor Woodcourt tomó mi mano y la llevó a sus labios. HabÃa recobrado su calma, y yo también me sentÃa más decidida.
—Espero —le dije— que habrá salido usted bien de sus gestiones.