La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Sí —me contestó—, demasiado conoce usted al señor Jarndyce como para que haya de decirle cuánto me ha ayudado en todo ello. A decir verdad, le debo a él el buen resultado que he obtenido.

—Dios se lo pague, y a usted lo proteja en todo —le dije al señor Woodcourt tendiéndole la mano.

—Sus buenos propósitos, señorita Summerson, me ayudarán eficazmente a cumplir con mis nuevos deberes, los cuales consideraré, desde hoy, como otro mandato sagrado procedente de sus manos.

—¡Y Richard! —exclamé, involuntariamente—. ¿Qué será de él cuando usted esté fuera?

—No he de irme por el momento; y, aunque así fuera, aunque debiese ir a ocupar mi puesto sin perder de momento, tampoco lo abandonaría.

Antes de separarnos, teníamos que hablar de otra cosa. Si se la hubiese ocultado me habría creído menos digna de su amor.

—No dudo —le dije— que le causará alegría saber por mí que me está reservado un porvenir brillante, un porvenir que me hará feliz y que ahora nada me deja desear.

Estas palabras le causaron, en efecto, muchísimo placer, según me dijo.


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