La Casa lugubre
La Casa lugubre Era todo aquello tan halagador, que se me subieron los colores a la cara. Después del desayuno, espié el momento en que mi tutor estuviese en su gabinete (la misma pieza donde estuvimos el señor Woodcourt y yo la noche anterior); entreabrà la puerta, lo vi solo, y excusándome por entrar con mi manojo de llaves, me acerqué a la mesa, donde estaba contestando varias cartas que el cartero acababa de traerle.
—Dama Durden —me dijo—, ¿necesitas dinero?
—No, en absoluto, tutor, tengo todavÃa a manos llenas.
—En cuanto a orden y economÃa no hay otra como la dama Durden —exclamó mi tutor, y dejando la pluma, se arrellanó en su sillón y fijó en mà sus ojos.
Varias veces he hablado de su rostro radiante, pero nunca, por lo que recuerdo, lo habÃa visto con aire más alegre y satisfecho. Su semblante mostraba una expresión de felicidad tan intensa que me dije para mà misma: «Esta mañana habrá hecho una buena acción».
—¡Imposible hallar otra a quien le dure tanto el dinero! —continuó con alegre sonrisa.