La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Nunca había modificado la buena educación de la que siempre hizo gala. Eso me agradaba mucho y lo quería tanto que, cuando me aproximé en aquel momento y me senté donde solía hacerlo, que era siempre a su lado (dado que algunas veces le leía en voz alta, otras conversábamos y otras cosía en silencio junto a él), dudé si cambiaría en algo su actitud al colocar mi mano sobre su pecho. Sin embargo no la modificó en nada.

—Tutor —le dije—, quisiera hablarle. Dígame si tiene que reprocharme alguna negligencia.

—¿A ti, querida?

—Dígame si he sido en realidad lo que he tenido intención de ser desde… que contesté a su carta.

—Has sido todo cuanto podía yo desear, hija mía.

—Oírlo de usted me satisface. Entonces, usted me preguntó si era la dueña de la Casa lúgubre la que le traía la carta, y le contesté que sí.

Mi tutor rodeó mi hombro con su brazo como si quisiera defenderme de algo, y continuaba mirándome con la sonrisa en los labios.

—Desde aquel día —añadí— solo me ha hablado usted una vez de la Casa lúgubre.

—Y fue para decirte que sus habitantes iban reduciéndose, lo cual es demasiado evidente.

—Y mis palabras fueron —dije con timidez— que quedaba la señora de la casa.


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