La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Mantuvo el mismo gesto protector sin soltarme el hombro y la misma bondad le iluminaba el rostro.

—Querido tutor —dije—, sé cómo se ha comportado en mis últimas desgracias, y lo mucho que en aquellas circunstancias, como en todas, tengo que agradecerle, pero como ha transcurrido ya mucho tiempo desde mi última desgracia y hasta hoy no me he dicho que me encontraba del todo repuesta, tal vez espere a que le hable yo del asunto de la carta, lo cual quizá me corresponde en efecto. Tutor, cuando usted quiera, seré la dueña de la Casa lúgubre.

—¡Es un verdadero caso de sincronía lo que existe entre los dos! —exclamó el señor Jarndyce—. Casualmente no tenía otra cosa en el pensamiento… Digo mal, la situación de Richard me preocupa también mucho. En eso estaba pensando cuando entraste. ¿Cuándo quieres que demos una señora a la Casa lúgubre?

—Cuando usted quiera.

—¿El mes próximo?

—El mes próximo, tutor querido.

—De modo que el día en que realizaré el acto mejor y más acertado de mi vida, en que seré el más digno de envidia entre todos los hombres, el día, en fin, en que daré una amable dueña a la Casa lúgubre, queda fijado para el mes próximo —dijo mi tutor.

Sin decir nada, le abracé y le besé como el día aquel en que le di mi respuesta.


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