La Casa lugubre

La Casa lugubre

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En aquel momento anunciaron al señor Bucket, cosa hasta cierto punto inútil, pues señor el Bucket entró en el gabinete al mismo tiempo que la criada.

—Señorita Summerson, señor Jarndyce —nos dijo, casi sin aliento y excusándose por la molestia que nos causaba—, ¿permiten ustedes que suba a una persona que se ha quedado en la escalera, y que teme llamar la atención permaneciendo allí? ¿Consienten en ello, verdad? Gracias. ¡Tengan la bondad de subir a ese buen hombre, con su silla, y condúzcanlo aquí! —dijo el señor Bucket llamándolo por encima de la barandilla.

A continuación de tan singular orden, vimos a un anciano paralítico con un gorro negro, a quien dos hombres dejaron en medio de la estancia. El señor Bucket despidió, inmediatamente, a los porteadores, cerró la puerta, y giró la llave, misteriosamente.

—Señor Jarndyce —dijo quitándose el sombrero y agitando su memorable índice a manera de exordio—, ya sabe usted quien soy y la señorita Summerson también me conoce, lo mismo que ese caballero, que lleva por nombre Smallweed. El principal negocio de este es el crédito y en especial los pagarés. ¿No es así? —añadió el señor Bucket, inclinándose un poco y dirigiéndose al anciano, quien parecía no tener en él gran confianza.


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